Revista Nacional de Agricultura
Edición 1072 – Agosto 2026

Dos manos que se estrechan sobre los escombros del terremoto

Eran las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto cuando un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, sacudió buena parte de Colombia. En cuestión de segundos, la cotidianidad de miles de familias cambió por completo.

El impacto se sintió con especial fuerza en el occidente del país, con Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Caldas y Antioquia entre los departamentos más afectados. Viviendas, vías, establecimientos educativos, centros de salud, acueductos, puentes y otras infraestructuras esenciales sufrieron daños.

Para el 24 de agosto, los reportes oficiales daban cuenta de afectaciones en 16 departamentos y cerca de 500 municipios, más de 324.000 personas afectadas, 329 fallecidas y más de 4.500 heridas. También se reportaban más de 31.000 viviendas destruidas y miles de edificaciones e infraestructuras afectadas.

Detrás de cada cifra había una historia: familias que perdieron sus hogares, comunidades que quedaron temporalmente incomunicadas y colombianos que, de un momento a otro, tuvieron que comenzar a pensar cómo reconstruir aquello que habían levantado durante años.

Pero mientras se conocía la dimensión de la emergencia, también comenzó a hacerse visible otra historia: la de un país que se movilizó para ayudar.

Un país que respondió

Desde las primeras horas posteriores al terremoto, organismos de socorro, Fuerza Pública, personal médico, autoridades, voluntarios y habitantes de las propias comunidades se sumaron a las labores de búsqueda, rescate y atención. En algunos lugares, llegar hasta las poblaciones afectadas representó un desafío por las condiciones geográficas, los daños en las vías y las dificultades de comunicación.

Al mismo tiempo, en diferentes ciudades se habilitaron centros de acopio y canales para recibir alimentos, agua, elementos de aseo, ropa, medicamentos y otros productos de primera necesidad.

La solidaridad trascendió los territorios directamente afectados. Desde distintos lugares del país llegaron donaciones y ayudas, mientras ciudadanos, organizaciones sociales y humanitarias, empresas, entidades públicas y comunidades pusieron a disposición recursos, conocimiento, capacidad logística y tiempo.

También llegaron expresiones de apoyo desde otros países, que ofrecieron asistencia para acompañar a Colombia durante la emergencia.

La respuesta mostró que, ante una tragedia de esta magnitud, cada aporte cuenta. Se necesita quien rescate, quien atienda, quien transporte, quien done, quien organice y quien acompañe. Miles de esfuerzos individuales terminaron haciendo parte de una misma respuesta colectiva.

El campo también comienza a levantarse

En las zonas rurales, los efectos del terremoto tuvieron retos particulares. Las distancias, las condiciones de las vías y la dispersión de la población hicieron más complejas algunas labores de atención y evaluación de daños.

Para muchas familias rurales, además, una vivienda no es solamente el lugar donde viven. Alrededor de ella se desarrolla buena parte de su actividad productiva y se encuentran sus herramientas, animales y el patrimonio construido durante años de trabajo.

Por eso, la recuperación de los territorios afectados también pasa por restablecer vías, servicios públicos y condiciones para la producción, garantizar el abastecimiento y permitir que las familias puedan retomar progresivamente sus actividades.

A medida que avanzó agosto, la atención inmediata comenzó a convivir con un desafío de más largo plazo: la reconstrucción. El Gobierno Nacional declaró el Estado de Emergencia Económica, Social y Ecológica y comenzaron las evaluaciones sobre los daños y las necesidades de recuperación.

Reconstruir viviendas, colegios, centros de salud, vías, puentes, acueductos y demás infraestructura requerirá recursos, planeación y capacidad de ejecución. También será necesario recuperar la actividad económica y productiva de las zonas afectadas y acompañar a las familias durante un proceso que tomará tiempo.

Volver a levantarnos

Un terremoto deja marcas que no desaparecen cuando terminan las labores de rescate. Hay pérdidas que ninguna reconstrucción material puede reemplazar y comunidades que necesitarán tiempo para recuperar su cotidianidad.

El desafío será mantener la atención sobre ellas incluso cuando la emergencia deje de ocupar los titulares.

El 10 de agosto quedará en la memoria de Colombia como un día doloroso. Sin embargo, las semanas siguientes también dejaron imágenes de solidaridad: voluntarios que llegaron a ayudar, equipos recorriendo territorios, centros de acopio llenándose con aportes ciudadanos, comunidades apoyando a sus vecinos y colombianos que, incluso desde lejos, encontraron una manera de contribuir.

Ahora comienza una tarea más larga. Habrá que reconstruir infraestructura, recuperar actividades productivas y acompañar a miles de familias para que puedan volver a empezar.

Los días posteriores al terremoto demostraron que esa reconstrucción no comienza únicamente con cemento, maquinaria o recursos económicos.También comienza con un país dispuesto a tender la mano y a levantarse, una vez más, entre todos.