Revista Nacional de Agricultura
Edición 1017 – Agosto 2021

A finales del próximo mes de septiembre, se conmemora por segunda ocasión a escala global, el Día Internacional de la Concientización sobre el Desperdicio y la Pérdida de Alimentos. Las cifras globales y nacionales son preocupantes, y el llamado a la acción no da espera.

Es alarmante pensar que anualmente en el mundo, según la FAO, se pierden o desperdician más de 1.300 millones de toneladas de comida, las cuales serían de gran utilidad para mitigar otro gran reto derivado del hecho de que en el mundo más de 690 millones de personas sufren de hambre o de malnutrición.

Entender la pérdida y desperdicio de alimentos supone visualizar el rol que todos los actores de la cadena de alimentación tienen para poder resolver este serio problema, que, valga la pena decirlo, no solo es el de la pérdida y desperdicio de comida, sino también de los recursos que se invierten en su producción, como lo son el agua, la energía, la tierra y, por supuesto, el capital y el trabajo.

A escala global, cerca de 14% de la comida producida se pierde entre la producción y la distribución, y cerca de 17% se desperdicia entre la venta y el consumo. Es así como productores, procesadores, transportadores, distribuidores, comercializadores y consumidores, tenemos un papel decisivo si queremos contribuir efectivamente a luchar contra este problema, y de esta manera aportar al cumplimiento de los objetivos de desarrollo sostenible al 2030, particularmente con los de hambre cero, eliminación de la pobreza, buena salud y bienestar y, por supuesto, consumo y producción responsables.

En Latinoamérica se estima que más de 127 millones de toneladas de comida se pierden y desperdician cada año, y en Colombia, según los cálculos del Departamento Nacional de Planeación, 9.76 millones de toneladas de alimentos (34% de lo que producimos anualmente), estarían contribuyendo a esa alarmante cifra.

Sin duda alguna, el mayor reto para afrontar este problema está en la concientización e implementación de acciones permanentes a escalas individual y colectiva. Y por supuesto las decisiones de política pública también pueden tener un impacto considerable frente a esta problemática.

En el caso de la producción, además de una verdadera conciencia y entendimiento del problema por parte de los productores, las acciones relacionadas con la selección de las semillas, la implementación de buenas prácticas agronómicas, el adecuado manejo de nutrientes y del recurso hídrico, el control de plagas y enfermedades, la implementación de estándares de calidad de los productos, para evitar devoluciones, y por supuesto la materialización de esquemas de integración vertical que acerquen a los productores a los mercados y que vayan de la mano de la adquisición de infraestructura de almacenamiento, empaque, manejo de cadena de frío y transporte, son claros ejemplos de lo que se puede y debe hacer.

Pero como los cambios no vienen solos, los programas de formación y educación en este tema, tanto para los productores como para los niños y jóvenes de la ruralidad, son herramientas que no pueden faltar. Gremios, instituciones educativas, gobernaciones, alcaldías y, por supuesto, el Gobierno Nacional, deben trabajar conjuntamente para definir e implementar de manera sostenida programas que faciliten e impulsen un verdadero cambio.

Por supuesto el acceso a financiamiento siempre será un dinamizador de estas estrategias, toda vez que ellas requieren recursos para su implementación y sostenimiento. Y así como hoy existen las Líneas Especiales de Crédito (LEC), que financian muchas de estas actividades, se requiere mantener y fortalecer los recursos de incentivo a la tasa de interés, en particular para pequeños y medianos productores.

No hay que olvidar que el cambio climático también incide, y no sutilmente, en la pérdida de alimentos. Inundaciones, sequías, aparición de enfermedades, derrumbes en las carreteras e imposibilidad de transportar los productos, pérdidas de cosechas o deterioro en la calidad de los alimentos y rechazos por parte de los compradores, son algunos ejemplos. Así que, adicional a las acciones para prevenir directamente la pérdida de alimentos en la fase de producción, es claro que tanto el compromiso como la implementación de acciones en materia de mitigación de cambio climático, deben abordarse de manera coordinada y permanente entre todos los actores del sector agropecuario. Literalmente, nos estamos jugando el presente y el futuro de nuestro sector y el de nuestros consumidores.

Y a propósito del rol que todos jugamos como consumidores de alimentos, son muchas las acciones que podemos implementar de manera individual para contribuir decididamente a reducir el desperdicio de comida, que en promedio a escala global es de ¡79 kilogramos de comida al año por persona!

Comprar solo lo que se necesita, escoger muy bien el tamaño de las porciones, almacenar inteligentemente y luego consumir (antes de que se dañe, claro), no juzgar la comida por su apariencia (un tercio de las frutas y vegetales no llega a venderse porque los comercializadores o los consumidores las rechazan por su forma y apariencia) y donar la comida en buen estado que no consumamos, en lugar de botarla, son algunas de las estrategias que como consumidores podemos y debemos implementar.

Es evidente que el trabajo y el compromiso es de todos, y el 2030 está a la vuelta de la esquina.

Jorge Enrique Bedoya Vizcaya
Presidente
Sociedad de Agricultores de Colombia – SAC
@jebedoya